




Toñi es mi suegra. Siempre ha sido la caperucita roja de Adurza, por los paseos que se daba con comida para su madre Gertrudis y su hermano Pedro. La primera superó la centena de años y el segundo era inválido. Los dos vivían en el piso de Adurza donde la familia había comenzado su andadura en Vitoria. Recuerdo como Gertrudis siempre me enseñaba las piernas con orgullo presumiendo de no tener varices, mientras Pedro hablaba de actores que yo no conocía y de películas del oeste. O se quedaba traspuesto entre dos frases por el vino y la medicación. Nuca quise despertarle porque sospechaba que la vida que soñaba era mejor que la que llevaba Una murió de vieja su hijo no despertó de uno de sus sueños. En realidad todo empezó años atrás con su hermano mayor Francisco.
Francisco nació en Macotera, Salamanca, hace 82 años. Era el primogénito entre los varones de la familia Zaballos y estaba destinado a marcar el paso. Lo hizo primero en la mili, en Ceuta, donde conoció a una monja de Oñate que le dijo que allí había mucha industria y mucho trabajo. Así de sencillo era cambiar tu futuro cuando no tenías miedo de perderlo todo, o cuando “todo” no era gran cosa Ni corto ni perezoso se plantó allí y empezó a trabajar en la empresa oñatiarra GARAY que había cambiado su actividad de hacer cerillas, por la de fabricar paraguas, al monopolizar el Estado la producción de las primeras.
Resulta que un día en la empresa le preguntaron si en su pueblo había muchas mujeres que quisieran trabajar y ante su respuesta positiva mandaron un autobús vacío que volvió lleno de mujeres, como el de Plan para los solteros, dispuestas a labrarse un porvenir. Allí iban Toñi la pajarera, Isabelita la porretina, las bellotas y como no, algunas de sus hermanas, las geromillas. Porque en Macotera en lugar de apellidos las personas tienen apodo.
La cosa se torció cuando un buen día Francisco fue a San Sebastian a hacer una entrevista para ir a trabajar a Alemania y le sancionaron con ocho días sin sueldo. Fue tal fue su enfado que se marchó a Basauri a otra empresa de paraguas, la actual Esmaltaciones San Ignacio. Allí se llevó a sus hermanas Ana, Tere y a su familia y allí llegó otra hermana, Toñi. Poco después la empresa se mudaría a Vitoria donde hoy se debate entre la vida y la muerte, y las geromillas, como los siervos de la gleba del siglo XX, y no sin cierto escepticismo, le siguieron. Dicen que no había buen baile en Vitoria. Aunque les habían hablado del de la Florida, decían que los hombres eran pequeños y poco corteses.
Ana y Toñi hablan sin parar. Enlazan sus historias compulsivamente. Me cuentan que su padre era el encargado del “pósito”, que era una especie de fondo que tenía el ayuntamiento del que la gente sin dinero tomaba prestado dinero que pagaba luego mensualmente. Parece ser que sus padres también se vinieron a Vitoria al tener que vender poco a poco todo lo que tenían para poder alimentar a nueve bocas. Aseguran que nunca han pasado hambre. Dicen que su madre tenía alma de rica. Incluso recuerdan que su madre solía comprar la “bula” que permitía comer carne en cuaresma. Hasta que no hubo nada que vender, ni nadie que les fiara.
Les encanta bailar y conocieron a sus maridos en el baile, aunque esa fue probablemente la última vez que ellos bailaron. Ponemos música y me enseñan el pasodoble, el bolero y el fox. Me enseñan qué barata puede ser la felicidad. Toñi recuerda aquella ocasión en que le siguió un toro, que es además un sueño recurrente. Se mueren de la risa recordando aquel burro tozudo que llevaban al río a lavar y que un día no quería volver mientras la noche acechaba, o la vara que llevaban a la panadería en la que le hacían mellas según el pan que llevasen, o algunos de los crímenes que en Macotera sucedieron, como el de aquel amante que mató a su amada porque su madre la había juntado con otro.
Las dos conocieron a sus maridos en Vitoria. Vicente había venido de Valdespina-un pueblo de tres casas y dos habitantes de Soria- animado por el cartero que le conminó a preparar oposiciones de correos, por carta. Eusebio de un pueblecito de Burgos a trabajar a Michelin y hasta estuvieron un año trabajando en Francia. Vicente también estuvo de patrona mientras trabajaba como eventual en correos, esperando que saliese una oposición. Me dice que pagaba tres mil pesetas en un a fonda en la calle Benito Guinea y que con un sueldo de tresmilquineintas, las comidas de la Gertrudis terminaron por ganarle el corazón.
Muy bonito el relato. Ha tenido que ser una odisea filtrar toda la información que te habrá dado toñi, jaja. Saludarla de mi parte.
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