
Lourdes es mi madre. Aunque supongo que ella ha pasado el mismo tiempo conmigo que yo con ella, es curioso que ella sepa mucho más de mí que yo de ella. Supongo que cuando ella me preguntaba qué tal en el colegio, yo respondía que dónde estaba el traje de fútbol, aunque ya no juego a fútbol y no me acuerdo de qué tal fue el colegio. Supongo que no muy mal.
Es una de las mejores madres del mundo, dado que cada madre lo es. Nació en Velillas del Duque, un pequeño pueblo cerca de Saldaña. Un pueblo con una calle, pero ¡qué calle! De pequeño jugábamos allá la cadeneta y se me hacía eterna. Había una zona hacia el final en que los cantos eran gordísimos y con la bici había que subirse a la acera. Al final de la calle estaba la escuela, el pozo y el lavadero. Allí siempre estaba la Felisa lavando ropa a pesar de que siempre llevara la misma. Detrás, las eras, donde íbamos a trillar. Bueno yo iba y venía pero otros estaban allí todo el día. Luego estaba ese paseo hasta el río al lado de campos de trigo y palomares que al atardecer se llenaba de mosquitos. Herminio, mi abuelo, siempre estaba regando en la poza, incluso cuando no había nada plantado. Se movía tan despacio que ni los cínifes le veían.
Parece que de repente a todos los del pueblo les dio por tener hijos a la vez y además el que no era primo era hermano. Y fueron todos a la escuela en este pueblo en que habría cincuenta habitantes y quince niños y mientras unos hacían las tablas de multiplicar los otros bordaban y el que no quería, pues claro, no hacía nada. Tenían en la pared dos fotos de tipos con uniforme militar y rostro serio y un crucifijo en medio. También esos pupitres inclinados que se abrían para guardar los libros, aunque de eso no tenían. Además había tinteros y algún que otro cuaderno en que hacían grecas y sumas a la vez. Yo que siempre pensé que los cuadernos eran infinitos y solo te comprabas uno nuevo cuando empezaba un nuevo curso. Incluso estaba la regla esa con la que les daban en los dedos cuando fallaban en cálculo, aunque tampoco duele tanto. Lo mismo es que me falta práctica, o que no se lo puede hacer uno a sí mismo.
También tenían un mapamundi en que hacían la foto a final de curso. De hecho mi madre ya tenía cara de madre en esa foto. Creo que siempre ha sido madre desde que le hicieron aquella foto. Primero lo fue mía, y luego de mis hermanos, claro. Pero en medio también lo fue de mi padre, de mi tío Jose y de mi tía Merche, y ya últimamente de mis abuelos, porque hay un momento en la vida en que los padres se vuelven como hijos, olvidan las cosas y les tiemblan las piernas. Mis abuelos pasaron en Vitoria sus últimos días. A mi abuelo se le quedó la misma mirada que cuando miraba al río desde la poza, aunque estuviese en el teleclub de Adurza echando un dominó. Eso sí, seguía acertando qué fichas teníamos los demás.
Lourdes vino a Vitoria a principios de los setenta, con dieciséis años, a estudiar a un colegio de la Sección Femenina en Judizmendi, donde daban administrativo y donde decían salías colocada. Ya en el último curso, tercero, cuando iban a cerrar el colegio, buscó una patrona y un trabajo en una distribuidora. Luego cambió a una empresa de Murguía, Talleres Zuya, y hasta se mudó de pensión por una más céntrica, en la calle Siervas de Jesús. Allí vivía la Ludi, la patrona, y muy cerca su hermano Adolfo que era el marido de Engracia, una mujer que recuerdo nos hacía unas croquetas buenísimas siempre que la visitábamos.
Me cuenta que recuerda perfectamente el viaje a pie de una casa a la otra. Sola, con su maleta roja, que era su única posesión en aquellos momentos. Y pienso yo que tiene que ser grande que todo lo que tengas quepa en una maletica, sobre todo porque te obliga a mirar hacia delante.
En la nueva fonda, compartió habitación con María Jesús hasta que llegó mi tía. Ahora lo llaman “efecto llamada”, aunque a mí siempre me ha sonado a algo animal. Bueno pues al llegar mi tía, no solo compartía habitación sino además cama con ella porque el piso era céntrico y las viandas mejores, pero sitio había el justo. Dice que la maleta roja estaba debajo de la cama, siempre a medio hacer. Porque primero vino mi tía y luego vino mi tío, no porque te llamasen, sino porque en el pueblo había poco y la mitad de poco es nada, aunque los matemáticos lo duden y porque Franco estaba moribundo y en España creímos que podríamos ser por fin un país. Y los demás del pueblo se dispersaron igualmente por toda la geografía española en busca de un futuro. Y sí, son emigrantes, pero no porque se hayan marchado, sino porque tienen un sitio al que volver.
Y resulta que mi padre Eduardo era el sobrino de Ludi, la patrona, y los domingos iba a comer a aquella casa, y mi madre, mi tía, María Jesús y su hermana Carmina estaban invitadas a comer, y la cosa no estaba para rechazar convites. Mi padre se ofreció a enseñar a mi madre a conducir, porque ella estaba cansada de ir a trabajar con el gerente, que salía siempre tan tarde. Y al poco se casaron y al año nací yo, y mi madre cambió las muñecas- con las que hasta no hace mucho jugaba- por mí, que era a buen seguro mucho más entretenido, en el sentido de tener siempre algo que hacer.
Yo ya sabía que era de Castilla por esa manía de tener siempre la casa como si fuesen a venir invitados pero sin invitar a nadie, y por ese hábito de llevarme al médico casi a diario, y por lavar la ropa aunque estuviese limpia, y por las torrijas y las orejuelas, y por el cocido de vigilia y por ventilar la casa aunque estuviésemos fuera a menos diez, y desde luego por estar más pendiente del qué dirán que de qué decir.
Pues resulta que mi madre siempre ha estado igual que en esa foto que le hicieron en la escuela. Hasta que he dejado de verla a diario no ha empezado a envejecer. Y ahora se ha apuntado a inglés y a fotografía, y hasta a la universidad. Me llama a diario para que le haga los deberes y es que siempre hay un momento en que los padres se vuelven hijos, aunque los hijos sigamos siendo hijos.
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