lunes, 4 de marzo de 2013
















Libro III,Petri la nicetina

Para mí es Petri la de Macotera o la de la pollería. Tuvo un puesto de pollos en el Mercado de Hebillas durante veintiocho años, hasta que la gente dejó de tener tiempo para ir a comprar comida. Era uno de estos puestos a los que nuestras madres iban y en cuanto llegabas ya sabían lo que querías, y te preguntaban por tus hijos, que siempre estaban bien, y charlabas y te enterabas de que a la Paquita le había tocado un buen pellizco en la lotería y que ya no venía por ahí y que a la Emérita había pillado a su marido en la cama con otra. Donde te apuntaban lo que debías. Y al día siguiente había que venir a por unas alitas, para ver si había novedades o porque no hablasen de una.
En realidad no hacía sino seguir la tradición familiar. Su padre empezó de vendedor de comestibles con un burro y dos alforjas donde vendía de todo y de nada. Luego lo cambió por un carro en el que vendía más o menos lo mismo y más adelante incluso puso un ultramarinos en el pueblo. Petri recuerda el ruido que hacían los ratones tratando de acceder a las viandas y el juego de trileros que era tapar las huras y destaparlas. Porque en Macotera tenían más miedo de los ratones que de los toros.
Su vida laboral empezó temprano, como era habitual en aquella época. Con tan solo 15 años comenzó en el taller de confección “Juan XXIII” por siete mil pesetas al mes y sin contrato. Me cuenta que muchos meses ni les pagaban pero dice que siempre había buen ambiente. Por Santa Lucía hacían una fiesta de disfraces en la que recuerda estaban Petri la taconas, Manola la hornera de madrina, Isabelita la carrocha vestida de novio y ella, Petri la nicetina, vestida de novia. Los niños siempre jugábamos a ser mayores, ignorantes de lo aburrido que resultaría. Uno piensa en todas estas cenicientas de adobe, y las ve en blanco y negro, y también hay una mala que se sale siempre con la suya, y el baile siempre termina antes de tiempo.
Petri era planchadora. Uno no puede evitar pensar en el cuadro de Olano, en aquellos blancos sobre más blancos y en jornadas inagotables, charlas animadas y cuellos de camisa almidonados, para la burguesía madrileña. Petri soñaba con ir a bailar. Soñaba con San Roque, con el primer beso y con el Salón. Conoció a su marido de pequeña. Eran vecinos. Dice que les llamaban Romeo y Julieta, aunque ella no sabía entonces de su trágico final. En realidad nuestros padres nunca han sido unos buenos príncipes azules.
Nuestras madres siempre han mirado al pasado con bondad y al futuro con ilusión. Es el presente lo que no les ha gustado demasiado. Petri me cuenta que en San Roques ponían todos los carros alineados y unos jinetes traían a los toros, campo a través, hasta la plaza, donde su final estaba escrito. Metáfora de la vida, no solo animal. Carreras por la calle Peñaranda, sustos y gritos. Escaleras apoyadas sobre los carros y gente que, como en la vida misma, mira desde un burladero. Los pudientes que miran desde el balcón, silla y abanico en mano. Tiro al blanco en la caseta del tío ojazos, bailes en el salón del tío Fernando, fritos donde Paquito el churrero. La felicidad es algo que no se vive, se recuerda.
Petri sigue levantándose cada día en esa cama encima del colmado. Sigue oyendo la música de dulzainas y al vendedor de vinos voceando las bondades del morapio. Continúa bailando frenéticamente. Gira sobre si misma. A su alrededor hay caras conocidas del presente y del pasado que le hablan. Y escucha esa Loa en la que nunca saldrá su nombre. Es un mero adobe en una gran fortaleza azotado por las inclemencias. Canto sin música en un río que se secó pero en el que seguimos bañándonos. Petri es todas nuestras madres.

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